Las pulsiones de tu naturaleza concupiscente pueden
llevarte nuevamente al caos interior, a la infidelidad y al pecado; pero cuando
esas mismas pulsiones son conversadas con Dios, entregadas a él, sublimadas en
su gracia, entonces, podrán ser transformadas en una fuerza imparable para la
realización del bien.
Recuerda que esas pulsiones, despiertas o dormidas, habitarán siempre en tu interior.
Lo importante es lo que haces tú con ellas y si las pones a los pies del altar de Dios.
Sin Dios, ellas son motivo de tropiezo y pecado. En cambio, con la gracia del Señor, son un escalón que nos ayudan a subir la escalera de la santidad y a entregar esa fuerza al servicio del Evangelio.
Romanos 5, 20-21: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque, así como el pecado reinó produciendo la muerte, también la gracia reinará por medio de la justicia para la Vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor”.
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