viernes, 13 de octubre de 2017

4. ¿Por que celebramos?

¿PORQUÉ CELEBRAMOS?

Los cristianos celebramos por fe. “Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo: "Creo" o "Creemos". Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa "creer".

La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida”. (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC 26).

Entre todos los símbolos de la fe, dos ocupan un lugar muy particular en la vida de la Iglesia:

“Nuestra exposición de la fe seguirá el Símbolo de los Apóstoles, que constituye, por así decirlo, "el más antiguo catecismo romano". No obstante, la exposición será completada con referencias constantes al Símbolo Niceno Constantinopolitano, que con frecuencia es más explícito y más detallado”. (CEC 196)

¿Qué es fe? ¿Qué significa creer hoy en día?
Audiencia del Papa Benedicto XVI (Oct.24 de 2012)

En efecto, en nuestro tiempo es necesaria una educación renovada en la fe, que abarque el conocimiento de sus verdades y de los acontecimientos de la salvación, pero que, en primer lugar, nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarlo, de confiar en Él, de modo que abrace toda nuestra vida.

En la actualidad, junto con tantos signos buenos, crece también en nuestro alrededor un desierto espiritual. A veces, se tiene la sensación –ante ciertos acontecimientos de los que recibimos noticias cada día– de que el mundo no se encamina hacia la construcción de una comunidad más fraterna y pacífica, las mismas ideas de progreso y bienestar muestran también sus sombras.

A pesar de la grandeza de los descubrimientos de la ciencia y de los avances de la tecnología, el hombre de hoy no parece ser verdaderamente más libre, más humano, permanecen todavía muchas formas de explotación, de manipulación, de violencia, de opresión, de injusticia.

Además, un cierto tipo de cultura ha educado a moverse sólo en el horizonte de las cosas, en aquello que es posible, a creer sólo en lo que vemos y tocamos con nuestras manos. Pero por otro lado, aumenta también el número de personas que se sienten desorientadas y que tratan de ir más allá de una visión puramente horizontal de la realidad, que están dispuestas a creer en todo y en aquello que es su contrario.

En este contexto, surgen nuevamente algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen ser a primera vista: ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Hay futuro para el hombre, para nosotros y para las generaciones futuras? ¿En qué dirección orientar las decisiones de nuestra libertad para lograr un resultado bueno y feliz? ¿Qué nos espera más allá de la muerte?

De estas preguntas que no se pueden apagar, emerge cómo es que el mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación, en una palabra, el conocimiento de la ciencia, si bien son importantes para la vida humana, no es suficiente.

Nosotros necesitamos no sólo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, un fundamento seguro, un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y problemas cotidianos. La fe nos dona precisamente esto: en una confiada entrega a un "Tú", que es Dios, que me da una certeza diferente, pero no menos sólida que la que proviene del cálculo exacto o de la ciencia.
La fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre a las verdades particulares sobre Dios, es un acto con el cual me entrego libremente a un Dios que es Padre y que me ama, es adhesión a un "Tú" que me da esperanza y confianza. Ciertamente, esta unión con Dios no carece de contenido: con ella, sabemos que Dios se ha revelado a nosotros en Cristo, que hizo ver su rostro y se acercó realmente a cada uno de nosotros.

Aún más, Dios ha revelado que su amor al hombre, a cada uno de nosotros no tiene medida: en la Cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre nos muestra, de la forma más luminosa, hasta dónde llega este amor, hasta darse a sí mismo hasta el sacrificio total.

Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad, para llevarla nuevamente hacia Él, para elevarla hasta que alcance su altura.

La fe es creer en este amor de Dios, que nunca falla ante la maldad de los hombres, ante el mal y la muerte, sino que es capaz de transformar todas las formas de esclavitud, brindando la posibilidad de la salvación.

Tener fe, entonces, es encontrar a ese "Tú," a Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no sólo aspira a la eternidad, sino que la da; es entregarme a Dios con la actitud confiada de un niño, que sabe que todas sus dificultades y todos sus problemas están a salvo en el "tú" de la madre.

Y esta posibilidad de la salvación por medio de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres. Creo que deberíamos meditar más a menudo –en nuestra vida cotidiana, caracterizada por problemas y situaciones a veces dramáticas– sobre el hecho de que creer cristianamente implica ese entregarme con confianza al sentido profundo que me sostiene –a mí y al mundo– ese sentido que no somos capaces de darnos nosotros mismos, sino que sólo podemos recibir como don, y que es el cimiento sobre el cual podemos vivir sin miedos.

Y debemos ser capaces de proclamar y anunciar esta certeza liberadora y tranquilizadora de la fe, con palabras y nuestras acciones para mostrarla con nuestra vida como cristianos.

A nuestro alrededor, sin embargo, vemos cada día que muchas personas son indiferentes o se niegan a aceptar este anuncio. Al final del Evangelio de Marcos, hoy tenemos palabras duras del Resucitado que nos dice:

"El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará". (Mc 16,16). Se perderá a sí mismo. Los invito a reflexionar sobre esto.

La confianza en la acción del Espíritu Santo, siempre nos debe empujar a predicar el Evangelio, a dar testimonio valiente de la fe; pero, además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, también existe el riesgo de rechazo del Evangelio, de no querer recibir el encuentro vital con Cristo.

San Agustín ya ponía este problema en un comentario sobre la parábola del sembrador:

"Nosotros hablamos –decía– tiramos la semilla, esparcimos la semilla. Hay quienes desprecian, hay los que critican, los que se burlan. Si les tememos, no tenemos nada que sembrar y el día de la cosecha perderemos la cosecha. Así pues, venga la semilla de la buena tierra".

El rechazo, por lo tanto, no nos debe desalentar. Como cris􀆟anos, somos testigos de este suelo fértil, nuestra fe, incluso dentro de nuestros límites, demuestra que hay buena tierra, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, paz y amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia de la Iglesia, con todos los problemas, demuestra también que existe la tierra buena, existe la semilla buena que da fruto.

Pero preguntémonos: ¿de dónde saca el hombre aquella apertura de corazón y de la mente para creer en el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, muerto y resucitado, para recibir su salvación, para que Él y su Evangelio sean la guía y la luz de la existencia?

Respuesta: podemos creer en Dios porque Él viene a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Señor resucitado, nos hace capaces de acoger el Dios vivo. La fe es, pues, ante todo un don sobrenatural, un don de Dios.

El Concilio Va􀆟cano II afirma, cito: "para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, y son necesarios los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad" (Dei Verbum, 5).

La base de nuestro camino de fe es el bautismo, el sacramento que nos da el Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios en Cristo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia: no se cree, sin prevenir la gracia del Espíritu; y no creemos solos, sino junto con los hermanos. A partir del Bautismo cada creyente está llamado a revivir y hacer su propia confesión de fe, junto con sus hermanos.

La fe es un don de Dios, pero también es un acto profundamente humano y libre. El Catecismo de la Iglesia Católica lo dice claramente:

"Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre". (n. 154).

Es más, las implica y los exalta, en una apuesta de vida que es como un éxodo, es decir: un salir de sí mismos, de los propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos muestra su camino para con seguir la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la verdadera alegría de corazón, la paz con todos.

Creer es confiarse libremente y con alegría al plan providencial de Dios en la historia, como lo hizo el patriarca Abraham, como lo hizo María de Nazaret. La fe es, pues, un consentimiento con el que nuestra mente y nuestro corazón dicen su "sí" a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este "sí" transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de sentido, que la hace nueva, rica de alegría y esperanza fiable.

Queridos amigos, nuestro tiempo requiere cristianos que han sido aferrados por Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con las Sagradas Escrituras y los Sacramentos. Personas que sean casi como un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia del Dios que nos sostiene en el camino y nos abre a la vida que no tendrá fin.


TALLER:
1.    Escuchando las opiniones de todos los presentes en el taller, detallar los aspectos que mejor definan: ¿Qué entendían por fe, antes de leer este instructivo?
2.    Entonces, ¿Qué es la fe?
3.    ¿Qué debe hacer un cristiano para profundizar y fortalecer su fe?
4.    ¿Qué elementos, situaciones o actitudes actuales creen ustedes que atentan contra la fe?
5.    Sólo es posible creer por… ¿Quién?
6.    Discernir: ¿Por qué el Catecismo afirma que “el creer no es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre”?
7.    ¿De qué maneras pueden, cada uno de ustedes, ser “sembradores”?

8.    ¿Qué actividades están haciendo actualmente, a nivel parroquial, para formar a sus fieles?

3. ¿Quienes celebramos?

¿QUIÉNES CELEBRAMOS?

En este número formativo ahondaremos, a partir de una perspectiva distinta, basándonos en lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), sobre quiénes son los actores de la Liturgia, tema que ya introducimos en el Instructivo # 1.

I. UNA COMUNIÓN ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Procuremos tomar conciencia, ante todo, de las personas que celebran la santa liturgia. Una primera advertencia del Catecismo es la referencia al sujeto total de la liturgia que es el “Christus totus”, el Cristo todo entero, según una frase muy querida por san Agustín que nos remite a Cristo y a su Cuerpo que es la Iglesia, pero entendiendo también la referencia a la Iglesia celeste y a la Iglesia terrestre: una invisible, la otra visible.

Ordinariamente no somos demasiados conscientes de este hecho. Estamos inclinados a mirar sólo aquello que vemos en la asamblea terrestre, pero basta que nos demos cuenta del tono de las plegarias y de los cantos para entrar en una visión más amplia de las cosas. La liturgia es “el cielo sobre la tierra”, según una afortunada frase de la Iglesia de Oriente, pero es, también, “una comunión con la Iglesia celeste”, según la bella expresión del canon romano referida a la Virgen Madre de Dios y a los santos. La Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) en el n. 8 ha expresado este carácter escatológico de la liturgia:

“En la Liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también gloriosos con Él”.

También la Constitución Lumen Gentium (LG) en el n. 50, nos recuerda que la máxima expresión de nuestra comunión con la Iglesia celeste se realiza de manera nobilísima en la sagrada liturgia. El Catecismo sigue las huellas de la doctrina conciliar y, específica, concretamente, el papel de los celebrantes de la liturgia celeste, invisible, pero convertida en visible a través de algunos signos y la concreta actuación de los celebrantes de la liturgia sacramental visible.

1.1 Los celebrantes de la “Liturgia Celeste”


Con la mirada puesta en la liturgia celeste, que el libro del Apocalipsis ilustra de manera ejemplar, debemos descubrir con los ojos de la fe, pero a través de la Palabra que se anuncia, los signos de las imágenes, los textos de las plegarias, a los concelebrantes “divinos” de cada liturgia: el Padre, el Cristo, Cordero inmolado y sumo sacerdote, el Espíritu Santo, río de agua viva que nace del trono de Dios (Padre) (CIC, 1137). Toda la Trinidad Santa está implicada en el don de la palabra y de la gracia, todo retorna al Padre por Cristo en el Espíritu. De Cristo particularmente se dice, con una frase de la liturgia bizantina de San Juan Crisóstomo, que es “Él mismo el que ofrece y el que es ofrecido, el que da y que se nos da”, para sugerir la mediación descendente y ascendente, el personalismo de la oración y el don.

Todo, en la liturgia, está centrado en Cristo, el autor visible de los misterios de nuestra salvación cumplidos en su cuerpo y en su historia, aunque siempre en la dimensión de la paterna bondad que es la fuente del Espíritu que es como el último y definitivo don que alcanzamos en lo más íntimo de nosotros mismos. Los textos que hacen referencia al Padre, a Cristo o al Espíritu, nos hacen entrar en una comunión explícita con las personas divinas y con su acción santificante.

Siempre, en la visión litúrgica del Apocalipsis que presenta de modo admirable la celebración de la gloria ocurre redescubrir las potencias celestiales, todo el mundo angélico, la creación ya ensalzada en la gloria, los servidores de la Antigua y de la Nueva Alianza (santos del primer y definitivo Testamento), los miembros del nuevo pueblo de Dios y, de modo particular, los santos mártires, aquellos que en la vida y en la muerte se han hecho semejantes al Cordero inmolado y la Santísima Madre de Dios. Son una multitud inmensa de toda nación y pueblo, lengua y raza (CIC, 1138).

Un momento particular de la celebración eucarística en el que se recuerda a estos divinos celebrantes del cielo es, sin duda, el fin del prefacio que se une al canto del Sanctus. Pero los recordamos, también, en las intercesiones de la plegaria eucarística sea antes de la consagración, como en el canon romano, y todas las otras plegarias eucarísticas. De este modo se celebra la unión indisoluble entre la Iglesia celestial y la Iglesia terrestre en comunión y veneración.

Pero, entre los santos, emerge de modo especial la “Toda Santa”, la Madre de Dios. Su presencia tiene un particular relieve en toda la liturgia cristiana como atestiguan unánimemente las tradiciones de Oriente y de Occidente. La Iglesia recuerda a la Santa Madre de Dios de modo primordial y especial en la conmemoración de los Santos, se confía a su intercesión, hace memoria de su participación en los misterios de Cristo, a los que siempre estuvo unida de modo indisoluble (SC 103, LG 66); imita también interiormente las mismas actitudes de María en el vivir y celebrar los santos misterios, como ha recordado de un modo muy espléndido Pablo VI en la Exhortación Apostólica Marialis Cultus ns. 17-21, como Virgen en escucha y en oración, Virgen oferente y madre, pero también maestra espiritual que nos ayuda a unir el culto litúrgico con la vida cristiana como culto espiritual que se prolonga en la existencia cotidiana.

Una particular atención a los textos litúrgicos nos revela y hace visibles a los ojos de la fe a estos concelebrantes de la divina liturgia, unidos a nosotros en la comunión de los santos, a través de la comunión con el Santo, Cristo, que está presente en el cielo y está también presente en la tierra.

La celebración litúrgica renueva también este dogma de la fe católica y nos hace pregustar el don de la felicidad sin fin, de la alabanza perenne, a la cual hacen tantas veces referencia los textos litúrgicos. Y en esta liturgia celeste nos hacen participar el Espíritu Santo y la Iglesia cuando celebramos, en los sacramentos, el Misterio de la salvación (n. 1139).

1.2 Los celebrantes de la “Liturgia Terrestre”

Puesto que el sujeto de la liturgia es, como hemos recordado, el Cristo total; en cada celebración participa de modo sacramental la Iglesia entera: Cristo unido a su cuerpo. Así lo expresan también los textos litúrgicos. El “nosotros” de las oraciones expresa esta dimensión totalitaria de la participación del Cuerpo entero de Cristo, presente también allí donde las comunidades son “pequeñas, pobres y dispersas” (LG, 26).

Se trata de una verdad que, por una parte, nos hace conscientes de nuestro ser Iglesia, de modo especial cuando se celebra la liturgia, y por otra de nuestro deber de ser auténticos celebrantes de la fe, de la Iglesia universal, con los textos, las palabras, los sentimientos de la Esposa de Cristo. El Catecismo recuerda este principio refiriéndose a algunos textos fundamentales de la Sacrosanctum Concilium (SC).

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia que es “sacramento de unidad”… Pertenecen al entero Cuerpo de la Iglesia, lo manifiestan y lo implican” (SC, 26) (CIC, 1140).

La liturgia de la Iglesia es, siempre, comunitaria, pero expresa la diversidad de los ministerios y de los oficios en la Iglesia de modo que de una celebración ordenada y auténtica emerge la figura auténtica de la Iglesia en la variedad de las vocaciones, de los ministerios, de los oficios.

Una y diversa es la Iglesia en la coordinada reciprocidad de la variedad del Cuerpo Místico. Un desequilibrio o un desorden en la celebración y participación en la liturgia que no respeta la ordenación sacramental, no presenta de modo adecuado la sacramentalidad de la Iglesia y su ordenación según el deseo de su Fundador.

La liturgia eclesial, en la variada y ordenada composición de los ministerios, debe ser siempre ejemplo límpido de la Iglesia en su ser y en su obrar.

Esto sucede en la concreta dimensión de la Iglesia que es la asamblea litúrgica reunida en un lugar, unida en torno a la Palabra, los Sacramentos, la Eucaristía, en la comunión con los legítimos ministros. El Catecismo, en el numeral 1141, enumera algunas características de esta asamblea litúrgica:

“La asamblea que celebra es la comunidad de los bautizados que, "por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de todas las obras propias del cristiano, sacrificios espirituales". Este "sacerdocio común" es el de
Cristo, único Sacerdote, participado por todos sus miembros:

La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido".”

1.2.1 Una gran variedad de ministerios en la unidad del Espíritu

En la asamblea litúrgica emergen, ante todo, los ministerios de origen sacramental, que son una llamada de Dios en la Iglesia para un servicio especial a la comunidad. Son ministerios que llevan el sello del Sacramento del Orden con un particular don del Espíritu Santo para obrar, en la persona de Cristo Cabeza, al servicio de todos los miembros de la Iglesia. Para una teología de estos ministerios litúrgicos el Catecismo se refiere a dos elementos de gran relieve doctrinal: espiritual y pastoral.

Son, ante todo, ministerios que, por la consagración sacramental, configuran a Cristo, le convierten en un ícono de Cristo, ya sea en el ministerio sacerdotal como en el servicio diaconal. Un ícono plasmado por el Espíritu en la ordenación, y plasmado de nuevo por el Paráclito en el concreto servicio litúrgico sacramental.

Y puesto que el sacramento de la Iglesia se manifiesta especialmente en la Eucaristía, es en la celebración eucarística donde, de modo especial, se manifiesta el ministerio propio del Obispo y en comunión con Él, el del presbítero y el del diácono. En concreto:

El Obispo es ministro ordinario de todas las acciones litúrgicas, comprendidas las ordenaciones presbiterales y diaconales.

Los presbíteros son ministros ordinarios de todos los sacramentos, especialmente de la penitencia, de la Eucaristía y de la unción de los enfermos, y de las acciones litúrgicas, excluida la de las ordenaciones, pero pueden ser asociadas al otorgamiento de la confirmación.

Los diáconos están al servicio del Obispo y del presbítero, especialmente en la celebración eucarística. Pueden bautizar y presidir algunas acciones sacramentales y otras acciones litúrgicas.

Junto a estos ministerios que tienen como fundamento el Sacramento del Orden [en la gracia del episcopado, del presbiterado y del diaconado], hay otros ministerios particulares, no consagrados sino conferidos por la gracia del bautismo y de la confirmación, puestos al servicio de la liturgia y especialmente como expresión de las funciones del pueblo sacerdotal de Dios.

En el ámbito litúrgico, hay diversidad de ministerios según las tradiciones litúrgicas y las necesidades pastorales. Normalmente están considerados, de manera especial, los ministerios instituidos del Lectorado y del Acolitado.

Pero hay otros oficios (servicios) importantes para la celebración que cubren varios aspectos y momentos de la liturgia, ejercidos por fieles: los Ministros Extraordinarios de la Comunión (MEC), el coro, el monitor, los monaguillos, el sacristán, el ministerio de acogida. Todos estos servicios hacen la liturgia bella, atenta a las necesidades de todos, plenamente participativa (CIC, 1143).

Hay ministerios particulares en la celebración de algunos sacramentos, como los padrinos en el bautismo y la confirmación, los cónyuges en el matrimonio, en la liturgia de las horas, en la celebración de algunos ritos particulares. Cada uno debe estar atento al propio ministerio y ejercitarlo con amor y dignidad como un servicio a la comunidad cristiana, reunida en asamblea.

La variedad de ministerios manifiesta, también, la madurez de una asamblea adulta y responsable, es espejo de una comunidad viva en la participación de la liturgia pero, también, en el conjunto de la vida eclesial. Los ministerios litúrgicos son, de cualquier modo, una expresión de la ministerialidad que la Iglesia despliega en todo su vivir y obrar. Desde la evangelización y la catequesis hasta la caridad en todas sus formas.

1.2.2 Criterios pastorales para el ejercicio de los ministerios

En el ejercicio de todos los ministerios (servicios) encomendados a los laicos, es importante tener en cuenta los siguientes criterios pastorales recomendados por el Documento de Puebla:

·      No clericalizan; quienes los reciben siguen siendo laicos con su misión fundamental de presencia en el mundo.
·      Se requiere una vocación o aptitud ratificada por los pastores.
·      Se orientan a la vida y al crecimiento de la comunidad eclesial, sin perder de vista el servicio que ésta debe prestar en el mundo.
·      Son variados y diversos de acuerdo con los carismas de quienes son llamados y las necesidades de la comunidad; pero esta diversidad debe coordinar por su relación al ministerio jerárquico.
También, nos advierte Puebla, conviene evitar los siguientes peligros en el ejercicio de los ministerios:

a) La tendencia a la clericalización de los laicos o la de reducir el compromiso laical a aquellos que, reciben ministerios o servicios, dejando de lado la misión fundamental del laico, que es su inserción en las realidades temporales y en sus responsabilidades familiares.

La Diócesis de Chimbote, a través de la Delegación Diocesana de Liturgia, ha enfatizado permanentemente en la importancia de que los servidores litúrgicos no pierdan su carácter de laicos cuya mejor herramienta de evangelización debe ser siempre el ejemplo de vida y el compromiso serio con su realidad particular (familia, deberes laborales, etc.).

b) No deben promoverse tales ministerios como estímulo puramente individual fuera de un contexto comunitario.
c) El ejercicio de ministerios por parte de unos laicos no puede disminuir la participación activa de los demás.

En este aspecto la Delegación Diocesana de Liturgia invita a las comunidades parroquiales a que cuenten con equipos de animación litúrgica ricos en servidores, donde se vea la participación y representación activa de la comunidad, evitando a toda costa que “pocos hagan mucho” sino más bien que “muchos hagan poco”. Si bien es cierto que los servidores de los diversos equipos deben estar siempre atentos y diligentes para cumplir con las responsabilidades asumidas al interior de sus comunidades, esto no debe excluir la participación de otros fieles laicos que deseen servir en una celebración litúrgica particular, siempre y cuando se cuide que tengan la debida preparación previa.

1.3 Conclusión

Así se expresa el Catecismo, como conclusión de esta breve, pero jugosa, exposición acerca del sujeto celebrante de la liturgia: “En la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es “liturgo”, cada cual según su función, pero con “la unidad del Espíritu” que actúa en todos” (CIC, 1144).

Una auténtica celebración de la liturgia requiere acuerdo y colaboración, espíritu de comunión, fervor teologal, atención al Espíritu que impulsa a hacer presente al único Cristo que habla, obra y ora, es la única Iglesia que celebra los divinos misterios. Cumpliendo cada uno todo y sólo lo que le es propio evidencia la belleza de la unidad y la variedad de los ministerios, da voz a Cristo con la palabra, la oración, el canto; se hace sacramento e ícono de Aquel que en las celebraciones es liturgo del Padre para santificarnos y sacerdote nuestro para rendir al Padre el verdadero culto en Espíritu y en verdad: la verdad de la palabra, la fuerza santificante del Espíritu que une y distingue en la variedad de los ministerios.

TALLER: “¿QUIÉNES CELEBRAMOS?”

1.         ¿Qué libro de las Sagradas Escrituras relata la gloria de manera particularmente admirable?
2.         ¿Quién es el SUJETO de la Liturgia?
3.         ¿Qué debe ser ejemplo límpido de la Iglesia? ¿En qué aspectos?
4.         ¿Cuáles son los tres grados del Sacramento del Orden?
5.         ¿Quiénes son los ministros en el Sacramento del Matrimonio?
6.         ¿Qué pregustamos en la Liturgia terrena?
7.         ¿Toman, los Santos, parte de las celebraciones litúrgicas que celebramos? Explicar.
8.         ¿Qué manifiesta la variedad en los diversos ministerios (servicios) que hacen parte de una comunidad parroquial?
9.         Teniendo en cuenta el apartado 1.2.2 sobre los criterios pastorales para el ejercicio de los ministerios (servicios):
a.     ¿En cuál(es) de ellos consideran ustedes, que pueden estar fallando?
b.     ¿Cuál creen que han superado finalmente, luego de un arduo trabajo al interior de su comunidad?

10.      Mediten el numeral 1144 del Catecismo de la Iglesia Católica, analizándolo desde su experiencia en comunidad.